Obra #17

Infinitas Almas en el Laberinto del Mundo

En este vasto océano de rostros anónimos,
donde cada calle es un río de vidas silenciosas,
camino entre millones de historias no escritas,
cada una portando secretos que jamás conoceré.

¿Cuántas almas gemelas habrán pasado
rozando mi sombra en el metro matutino?
¿Cuántos mejores amigos perdidos
esperan tras la esquina que nunca doblé?

Somos gotas de lluvia en la tormenta humana,
cada una con su propio destino líquido,
algunas se encuentran y danzan juntas
hacia el mismo charco de eternidad,
otras se evaporan en la soledad del asfalto
sin jamás tocar otra gota hermana.

En la inmensidad de este laberinto poblado,
nuestros pasos son apenas susurros
en el gran concierto de la existencia.
Pasamos de largo junto a nuestros tesoros,
ignorando que el amor de nuestra vida
quizás compró café en la misma tienda
solo cinco minutos después que nosotros.

Hay universos enteros caminando a nuestro lado,
galaxias de emociones que nunca exploraremos,
bibliotecas de sabiduría que permanecerán cerradas,
jardines de risa que nunca florecerán para nosotros.

Cada persona que no conocemos
es una puerta que nunca abriremos,
una canción que nunca escucharemos,
un abrazo que nunca recibiremos,
una historia que nunca nos contarán
junto al fuego de una amistad imposible.

¿Cuántas veces habría cambiado mi vida
si hubiera girado a la izquierda en lugar de a la derecha?
¿Cuántas sonrisas perfectas se perdieron
en el timing cruel del destino?

Somos exploradores en un mundo infinito
con mapas demasiado pequeños para el territorio,
con tiempo demasiado breve para el viaje,
con corazones demasiado finitos
para todos los amores posibles.

Y sin embargo, en esta melancolía hermosa,
encontramos la magia de lo desconocido:
cada extraño es una posibilidad,
cada mirada fugaz es una promesa,
cada “hola” casual podría ser
el comienzo de todo lo que importa.

Porque aunque no podamos conocer
a todas las almas que nos esperan,
cada encuentro que sí vivimos
se vuelve más precioso,
más milagroso,
más imposiblemente perfecto
en su casual serendipia.

En el gran teatro de la humanidad,
somos actores que improvisamos
nuestras pocas escenas compartidas,
conscientes de que hay mil obras
representándose simultáneamente
en escenarios que nunca pisaremos.

Así navegamos este océano de rostros,
llevando en el corazón la certeza
de que en algún lugar, alguien
que jamás conoceremos
nos habría amado perfectamente,
nos habría entendido completamente,
nos habría elegido para siempre.

Y tal vez esa es la más hermosa de las tragedias:
saber que somos amados por almas
que nunca encontraremos,
que en la vastedad del mundo
existen hogares para nuestro corazón
cuyas direcciones permanecerán
para siempre en el misterio.