Hay amores que llegan
como llega el albor a los desiertos:
sin anuncio, sin que el yermo lo pidiera,
sin que la arena haya aprendido todavía
a recibir tanta claridad de golpe.
Y el desierto no sabe qué hacer
con esa luz repentina,
de modo que finge que siempre fue de día,
y camina como si no le doliera
la distancia entre la sombra conocida
y este fulgor extraño
que lo obliga a mirarse entero.
Así te encontré.
Sin buscarte.
Sin haber dejado la puerta entreabierta.
Sin sospechar siquiera
que dentro de mí había una estancia
que aguardaba, exacta, tu silueta.