Obra #21

Lo que Nunca Leeras

Hay amores que llegan
como llega el albor a los desiertos:
sin anuncio, sin que el yermo lo pidiera,
sin que la arena haya aprendido todavía
a recibir tanta claridad de golpe.

Y el desierto no sabe qué hacer
con esa luz repentina,
de modo que finge que siempre fue de día,
y camina como si no le doliera
la distancia entre la sombra conocida
y este fulgor extraño
que lo obliga a mirarse entero.

Así te encontré.
Sin buscarte.
Sin haber dejado la puerta entreabierta.
Sin sospechar siquiera
que dentro de mí había una estancia
que aguardaba, exacta, tu silueta.


He vivido contemplando el horizonte
con la callada obstinación
de quien sabe que jamás se alcanza
y camina, no obstante,
porque detenerse duele más
que no arribar a parte alguna.

He sostenido el peso del cielo en los hombros
creyendo que aquello era fortaleza,
juzgando virtud la resistencia
y flaqueza el sosiego,
sin comprender que los robles más antiguos
no son los que jamás se doblegaron,
sino los que aprendieron
hacia qué lado ceder
sin quebrarse.

Y así me erigí:
de urgencias y deberes,
de respuestas antes que de preguntas,
de manos siempre ocupadas
para no tener que abrirlas
hacia nadie.

Porque una mano abierta
puede ser rechazada,
y una mano que labra
nunca pierde.


Pero nadie refiere lo que cuesta
semejante victoria.

Nadie advierte que la coraza,
aun cuando ampara,
también aísla del calor ajeno;
que sus muros no distinguen
entre el golpe que hiere
y la caricia que redime.

Nadie previene que llega un instante
en que uno ya ignora
si lleva la coraza puesta
o si la coraza
se ha vuelto piel.


Entonces apareces tú.

No como respuesta.
No como remedio de nada.
Sino como pregunta:
esa que uno elude
porque no tiene contestación aprendida,
porque no cabe en manual alguno,
porque no se resuelve con esfuerzo
ni con saber ni con voluntad.

Apareces como aparece la lluvia
el único día
en que salí sin abrigo,
y lo asombroso,
lo verdaderamente asombroso,
es que no corrí a guarecerme.

Permanecí inmóvil.
Por vez primera en mucho tiempo
permanecí inmóvil,
dejando que algo cayera sobre mí
sin pretender regirlo.


No sé si esto es amor.
Desconfío de las palabras grandes,
de los nombres que prometen más
de lo que son capaces de sostener.

Pero sé que hay algo
que altera la temperatura del aire
cuando te acercas;
algo que torna el rumor perpetuo
que habita en mí.

Y eso me enseñaste
sin saber que enseñabas nada:
que aún soy capaz de sentir esto;
que bajo los cargos y los rangos,
bajo las obligaciones apiladas hasta el techo,
persiste alguien
capaz de mirar a otra persona
y quedarse sin palabras.

No es poco.
En este tramo de mi vida,
es casi todo.


Sé que no me ves.
No de ese modo.

Para ti soy una función,
una figura dentro de un esquema,
alguien que estará un tiempo
y luego se hará paisaje.

Y está bien.
Nada tengo que reprocharte:
nunca me prometiste nada,
nunca supiste
que había algo que prometer.

Solo exististe,
y bastó
para desarmar en mí
lo que creía firmemente armado.


Seguiré mirándote
con la distancia de siempre;
seguiré siendo lo que debo ser
en el sitio que a ambos nos dispuso;
aprenderé a volver los ojos hacia otra parte
cuando mirarte
se vuelva demasiado nítido.

Y con el tiempo,
como ocurre con todo lo que se guarda
sin abrirlo,
esto perderá el filo,
será recuerdo antes que historia,
ocupará menos espacio
del que hoy ocupa.

Pero esta noche,
antes de que empiece ese proceso,
quería darte esto.

Una carta que no vas a leer,
de alguien que no te lo va a decir,
sobre algo que probablemente
no hubieras querido saber.

Solo para que exista en algún lado.
Solo para no haberme quedado
completamente callado
en el único lugar
donde nadie puede escucharme.